Mostrando entradas con la etiqueta Colette Sidonie-Gabrielle. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colette Sidonie-Gabrielle. Mostrar todas las entradas

Gide sobre Colette


19 de febrero de 1936

Leído el último libro de Colette [Mes apprentissages] con un interés muy vivo. Hay en él mucho más que un don: una especie de genio muy particularmente femenino y una gran inteligencia. ¡Qué bien elegido está todo, y qué ordenado, y de qué felices proporciones, en un relato en apariencia tan deshilvanado! Qué tacto perfecto, que cortés discreción en la confidencia (en los retratos de Polaire, de Jean Lorrain, y sobre todo de Willy, de “Monsieur Willy”); no hay un solo trazo que no surta su efecto, que no quede grabado en la memoria, y eso que está dibujado como al azar, como jugando, pero con un arte sutil, maduro.


ANDRÉ GIDE, Diario, ABC, S.L., 2004, traducción de Laura Freixas, págs. 249-250.

Capote sobre Colette


UNA plateada tarde de junio. Una tarde de junio en París, hace veintitrés años. Estoy de pie en el patio del Palais Royal, escrutando sus ventanales y preguntándome cuál de ellos pertenece al apartamento de Colette, la Grande Mademoiselle de las letras francesas. Y sigo consultando mi reloj, pues a las cuatro tengo una cita con esa artista legendaria, una invitación a tomar el té que amablemente me ha conseguido Jean Cocteau después de que yo le dijera, con juvenil torpeza, que Colette era el único autor francés vivo que merecía todo mi respeto, y eso excluía a Gide, Genet, Camus y Montherlant, por no hablar del propio Cocteau. Desde luego, sin la generosa intervención de este último, jamás habría sido invitado a conocer a la gran mujer, pues yo no era más que un joven escritor americano que solo había publicado un libro, Otras voces, otros ámbitos, del que ella nunca había oído hablar.


TRUMAN CAPOTE, fragmento de La Rosa Blanca (1970), incluido en Los perros ladran, Anagrama, Barcelona, 1999, traducción de Damián Alou.

Beauvoir sobre Colette


Creo que habrás oído hablar de Colette, es la única escritora auténticamente grande que hay en Francia, una escritora realmente buena. En su juventud fue una mujer bellísima, que bailó en los teatros, se acostó con muchos hombres, escribió novelas pornográficas primero y buenas novelas después. Adoraba el campo, las flores, los animales y hacer el amor, y también adoraba la sofisticación; se acostó también con mujeres. Le gustaba la buena mesa y el buen vino, en fin, adoraba las cosas buenas de la vida, y habló maravillosamente de todo ello. Ahora tiene 75 años, y aún conserva unos ojos fascinantes y una cara triangular y gatuna; está muy gorda y un poco sorda, pero sabe contar historias, y sabe reírse y sonreír de una forma inimaginable en una mujer más joven y más bella. Se pasó toda la noche hablando con Cocteau del barrio en que viven los dos, el Palais-Royal, que es sin duda uno de los mejores barrios de París. Describieron cómo viven allí las viejas putas, las tiendecitas, los cafetines, la gente del barrio, y lo hicieron con tanta humanidad y con tanto sentido del humor que todos los escuchamos fascinados. Espero volver a verla. A través de sus libros me enamoré de ella cuando era una jovencita, de modo que para mí fue muy importante estar con ella. No deja de ser extraña una mujer ya anciana que ha vivido tanto, tan febrilmente y con tanta libertad, pues es mucho lo que sabe y ya no le importa nada: para ella, todo ha terminado.


SIMONE DE BEAUVOIR, carta enviada el 7 de marzo de 1948 a Nelson Algren, recogida en Cartas a Nelson Algren, Lumen, Barcelona, 1997, traducción de Miguel Martínez-Lage, pág. 208.