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Baroja sobre Goethe


He leído el teatro de Goethe y un tomo de su Correspondencia, y me han dado una impresión de superioridad enorme.

La lucidez y continuidad de la inteligencia de este hombre son maravillosas. Ni en su inteligencia ni en su voluntad hay eclipses ni confusiones. Siempre parece ecuánime, siempre curioso por todo, siempre capaz de comprender las cosas más diversas.

Tanto como su inteligencia y sus obras se puede admirar en el poeta su vida. Goethe convivió con los hombres más ilustres de su tiempo, y no sólo convivió con ellos, sino que los comprendió.

Esto es lo que más envidia me causa. ¡No vivir entre brutos! Qué pocos tendrán esa dicha.


PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, pág. 114.


Benet sobre Baroja


Yo no he aprendido nada de narrativa española, en este siglo, si no es de Baroja. Claro que aprender se aprende de muchas maneras: negativamente, por ejemplo, es decir, por reparos, por objeciones. Lo que se dice quedar emocionado con un párrafo solo me ha ocurrido con Baroja, no recuerdo a nadie más.


JUAN BENET, Cartografía personal, Cuatro Ediciones, Valladolid, 1997, pág. 111.

Umbral sobre Unamuno y Valle-Inclán


Todo el 98 podría dividirse en hidalgos y señorucos. Hidalgos son Unamuno y Valle. Señorucos son Baroja y Azorín. Por hidalgo entiendo yo ahora el escritor y el hombre que ha puesto su vida y su obra, ya de entrada, a un nivel alto, de exigencia ética y estética, en conexión directa con las grandes corrientes de la Historia. El escritor que no quiere limitarse a hacer una novela o unos poemas, sino que aspira a sustituir el mundo, según dijimos a propósito de Balzac.

Así, Unamuno, más que a sustituir el mundo, aspira a sustituir a Dios. Esto es una locura tanto si Dios existe como si no, pero es que la literatura de verdad sólo se alimenta de locura y crimen. Lo demás es caligrafía. Valle-Inclán, por su parte, aspira a sustituir todo un idioma, el español, por el suyo propio. He aquí lo descomunal del propósito valleinclanesco, y de donde resultan las otras descomunalidades, dramáticas y personales, del gran escritor. Unamuno no se contenta con menos que ser Dios. Valle no se contenta con menos que ser él el español, todos los españoles que se hablan y escriben en España y América, en la cultura y en la calle.

Estas dos grandes voracidades, la divina y la literaria, hacen grandiosos a don Miguel y don Ramón. Son hombres que han puesto su vida a una aventura absurda y genial. (El precedente de Unamuno, en España, es Santa Teresa; el de Valle, Quevedo).

La genialidad de una obra, pues, es anterior a la obra misma, está en el propósito, en la ambición, en la grandeza con que se concibe esa obra. Todo ello es voluntad de poder, pero es que un escritor sin voluntad de poder se queda en un estilista o en un chismoso. En otros libros he cantado y contado “la escritura perpetua”, que es como llamo a cierto modo de concebir la escritura: la escritura como alienación, la literatura como enfermedad, la literatura como crimen.

Unamuno y Valle son dos ejemplos clásicos de escritura perpetua. Su hidalguía, el ser “hijos de algo”, se la da el que se hacen hijos de su obra, servidores de ella, y de la nobleza y locura del empeño les viene la hidalguía, como a Don Quijote, que es caballero andante antes de echar a andar, es decir, desde el momento en que lo piensa y se lo propone (entiéndase: Cervantes es Cervantes desde el momento en que piensa y ambiciona El Quijote, aunque nunca lo hubiera escrito; el propósito ya vale, en este caso, en estos casos).

Por contraste, Azorín no se propone sustituir el mundo, sino solamente copiarlo con pulcritud y esmero. Y lo consigue, pero de ahí no pasa. Tiene alma de señoruco, porque no aspira a más. Señoruco es el indiano que se contenta con las cuatro perras que le restan de haber hecho las Américas. Azorín hace las Américas de la literatura, saca un capitalito de gloria y le basta. El señoruco del huerto levantino es como si nunca hubiera salido de su pueblo. Lo que mejor explica el estilo de Azorín es esa limitación de propósitos. Escribe corto porque solo va al pueblo de al lado. No tiene prisa ni grandes itinerarios.

Don Pío Baroja parece más vocado y convocado a ganar el mundo, pero lo suyo son viajes de turista pobre. Si Azorín sólo quiere reproducir o caligrafiar el mundo, Baroja sólo quiere zascandilear un poco. Su pesimismo no es grandioso, como el de Nietzsche, porque no hace de él una obra de arte (Cioran, modernamente), sino sólo unos cuantos párrafos de viejo malhumorado (Baroja siempre fue viejo).

La prosa de Baroja es descuidada y torpe porque no es una prosa que se proponga transformar el mundo en texto, sino sólo recoger algunos pintoresquismos de la vida. Paul Valéry dijo que “la sintaxis es una facultad del alma”, y yo lo he repetido mucho. A uno le interesa sobre todo el estilo de un escritor, y no sólo por estética, sino porque en el estilo está la pulsación interior de ese hombre, “la facultad del alma”, la sintaxis de su vida.

Baroja prefiere ser cosmopolita a ser universal, pero le tocó escribir en una época de grandes cosmopolitas (Paul Morand, Blaise Cendrars, etc.) y ni siquiera llega al cosmopolitismo, pues que nunca se integra en los mundos que visita, sino que siempre es el palurdo que se asoma a los grandes escaparates y jamás entra en la tienda. A Baroja le cuadra bien lo que Solana dijo de París: “Se ve que es una ciudad que ha tenido mucho comercio.”


FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 53-55.

Villaurrutia sobre Baroja


Es difícil hablar de las cualidades de Pío Baroja como novelista, en cambio, hablar de sus milagros como tal, es más justo y menos comprometedor. Una cualidad difiere de un milagro en que éste dura menos; también en que la cualidad es el fruto de algo anterior, en tanto que el milagro es el fruto de nada. Baroja novelista, procede por milagros que, afortunadamente, no se hacen rogar para aparecer con frecuencia. Su estética no puede ser más sencilla. Le interesa su propia vida, la de aquellos que lo rodean y el arte como «reflejo de la vida». Sus novelas, que él pretende que no sean más que eso, consiguen eso y bastante más.

Su estilo —que juzgado en trozos aislados parece ser la negación del estilo—, es el único que puede acompañarlo en sus diálogos y en sus episodios. Sería injusto imaginar a este autor buscando novedades de expresión y calculando el alcance de sus frases. El milagro de su estilo está en que los lugares comunes suenan en sus páginas como frases modestas, sí pero nunca oídas hasta entonces. Baroja hace del modo de escribir novelas un simple oficio: hilvana como la costurera, y, como el carpintero, ensambla episodios y aventuras. A pesar de ello, en más de una novela suya asombra la precisión armónica del desarrollo, o aquello que en otro autor sería la respuesta de una preconcebida ordenación.

Otro milagro es el de su personalidad. La monotonía espiritual de Baroja llega a ser tan intensa y desnuda que cuando intenta contradecirla es difícil permitírselo. Así, cuando Baroja pinta un paisaje luminoso y colorido, lo sustituimos mentalmente por otro de gris monótono y de lluvia sostenida. Porque en el paisaje de Baroja está lloviendo siempre. Otro milagro descubrimos en su obra y consiste en que para Baroja los milagros duran más tiempo del reglamentario.


XAVIER VILLAURRUTIA, Textos y pretextos, 1940, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (AQUÍ)