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Paz sobre Breton


Breton fue uno de los centros de gravedad de nuestra época. No sólo creía que los hombres estamos regidos por las leyes de la atracción y la repulsión sino que su persona misma era una encarnación de esas fuerzas. Todos los que lo tratamos sentimos el movimiento dual del vértigo: la fascinación y el impulso centrífugo. Confieso que durante mucho tiempo me desveló la idea de hacer o decir algo que pudiese provocar su reprobación. Creo que muchos de sus amigos experimentaron algo semejante. Todavía hace unos pocos años Buñuel me invitó a ver, en privado, una de sus películas. Al terminar la exhibición, me preguntó: ¿Breton la encontrará dentro de la tradición surrealista? Cito a Buñuel no sólo por ser un gran artista, sino porque es un hombre de una entereza de carácter y una libertad de espíritu de veras excepcionales. Estos sentimientos, compartidos por todos los que lo frecuentaron, no tienen nada que ver con el temor ni con el respeto al superior (aunque yo creo que, si hay hombres superiores, Breton fue uno de ellos). Nunca lo vi como a un jefe y menos aún como a un Papa, para emplear la innoble expresión popularizada por algunos cerdos. A pesar de mi amistad hacia su persona, mis actividades dentro del grupo surrealista fueron más bien tangenciales. Sin embargo, su afecto y su generosidad me confundieron siempre, desde el principio de nuestra relación hasta el fin de sus días. Nunca he sabido la razón de su indulgencia: ¿tal vez por ser yo de México, una tierra que amó siempre? Más allá de esas consideraciones de orden privado, diré que en muchas ocasiones escribo como si sostuviese un diálogo silencioso con Breton: réplica, respuesta, coincidencia, divergencia, homenaje, todo junto. Ahora mismo experimento esa sensación.


OCTAVIO PAZ, Excursiones/Incursiones, Obras completas II, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2000, págs. 195 y 196.

Breton sobre Gide


Dicho esto, hay cualidades, eminentes algunas, que no se le pueden negar. Pienso, sobre todo, en la valentía intelectual y en la grandísima libertad del testimonio humano. Inicialmente prisionero de tantos convencionalismos burgueses complejos y puritanos, llegó a liberarse muy ampliamente de ellos. En este aspecto, obliga a la estimación, y por no haber flaqueado ni aun a la hora de la muerte. Especialmente su crítica de la idea sacrosanta de “familia” ha sido de gran trascendencia. Obras como Souvenirs de la cour d’assises Voyage au Congo dan testimonio en él de una apasionada búsqueda de la justicia. En el orden sexual, donde presentaba una anomalía, no le arredró pintarse tal como era, y a poco que recordemos su librito de juventud sobre Oscar Wilde deduciremos los obstáculos interiores que tuvo que vencer. En el camino de las confesiones llegó lo más lejos posible, y los que a este respecto se escandalizan no son más interesantes que los censores de Jean-Jacques.

Aunque sólo fuera por estos diversos aspectos, habría que considerarle como el liberador, y su obra, que ostenta además grandes cualidades formales, sería de las menos desdeñables. Los que quieren presentarle como un “desmoralizador”, hasta como un corruptor, sientan plaza de oscurantistas –cualquiera que sea su encuadre político–. En todo caso, hoy no hay más que un solo modo de desmoralización, de corrupción, en el que son maestros muchos de los actuales detractores de Gide, y es la mentira y la calumnia erigidas en función, elevadas al rango de institución. Teniendo en cuenta el inmenso peligro que esto encierra, no vacilo en declarar que Gide ha hecho una labor altamente moral diciendo la verdad, toda la verdad, cuando esta verdad era difícil de decir y, forzosamente, iba a ser explotada a costa suya.

Pese a las reservas personales que he formulado para empezar, creo que su desaparición deja un vacío en la conciencia de este tiempo. Por el hecho de que Gide ha sido capaz de dar testimonio a lo largo de toda la primera mitad de este siglo, y por haberlo hecho sin concesiones, este vacío no es fácil de llenar. Sólo con esto hubiera debido llevarse consigo la salvación de todos los hombres libres. Si, ya muerto, es víctima de una campaña infame si las hay, todos sabemos que es precisamente por haberse negado a traicionar el espíritu de libre examen que le animaba, a riesgo de concentrar sobre él todo el odio de los stalinianos por no ocultar lo que pensaba de su edén de lacayos y de presiadiarios.


ANDRÉ BRETON, segunda y última  parte del artículo Sobre André Gide, escrito el 6 de febrero de 1952 y recogido en Magia cotidiana, Editorial Fundamentos, Madrid, 1989, traducción de Consuelo Berges, págs. 19 y 20.