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Vargas Llosa sobre Cabrera Infante


Cabrera Infante no es un político y estoy seguro de que suscribiría con puntos y comas la frase de Borges: “La política es una de las formas del tedio”. Su oposición a la dictadura cubana tiene una razón más moral y cívica que ideológica –un amor a la libertad más que una adhesión a alguna doctrina partidista– y por eso, aunque en su larga vida de exiliado han salido muchas veces de su pluma y su boca rotundos vituperios contra el castrismo y sus cómplices, siempre ha preservado su independencia, sin identificarse nunca con alguna de las tendencias de la oposición democrática cubana, del interior o del exilio. Pese a ello, durante un par de décadas por lo menos, fue un apestado para gran parte de la clase intelectual de América Latina y de España, sobornada e intimidada por la Revolución cubana. Ello le significó infinitas penalidades y, casi casi, la desintegración. Pero, gracias a su vocación, a su terquedad y, por supuesto, a la maravillosa compañía de Miriam, resistió la cuarentena y el acoso de sus colegas como había resistido el otro exilio, hasta que, a pocos, lo sucedido en el campo político en los últimos años y el cambio de los vientos y las realidades ideológicas, ha ido por fin haciendo posible que su talento sea reconocido en amplios sectores y devolviéndole el derecho de ciudad. El premio Cervantes que se le acaba de conceder no sólo es un acto de justicia para con un gran escritor. Es, también, un desagravio a un creador singular que, por culpa de la intolerancia, el fanatismo y la cobardía, ha pasado más de la mitad de su vida viviendo como un fantasma y escribiendo para nadie, en la más irrestricta soledad.


MARIO VARGAS LLOSA, Sables y utopías, Alfaguara, Madrid, 2009, págs. 434 y 435.

Cabrera Infante sobre Naipaul


El escritor ha definido su alegría por el premio Nobel y se felicita por pertenecer a la cultura inglesa y también a la hindú -pero en sus últimas declaraciones no menciona para nada a Trinidad. A su vez su premio ha sido recibido en Inglaterra, donde reside este vecino incómodo, con frialdad cuando no con aversión. Solamente Martin Amis declaró alegrarse -pero no demasiado. Pero la cantidad y calidad literarias de V. S. Naipaul, sea el que sea el futuro que disponga de su voz y de su estilo, la suya es la presencia de un escritor mayor en una literatura perceptiblemente disminuida. Muertos Evelyn Waugh y Anthony Burgess y ninguneado siempre Malcom Lowry, Naipaul es el único gran escritor inglés que vale la pena leer.


GUILLERMO CABRERA INFANTE, Las tribulaciones de V. S. Naipaul, El Cultural de El Mundo, 12 de diciembre de 2001.

Volpi sobre Cabrera Infante


Para mí resulta difícil imaginar al Cabrera Infante joven, al hijo de comunistas, al director de Lunes de Revolución, al agregado cultural, al nómada que en los años setenta y ochenta estableció su pequeño gobierno rebelde —la inteligencia cubana en el exilio—, dispuesto a vencer a la Historia. Pero leo sus novelas y cuentos entre líneas, rastreo en la magia verbal y en la artillería lingüística de Tres tristes tigres o La Habana para un Infante difunto las claves de una batalla estética que combate y complementa las de Carpentier o Lezama y de una querella ética que lo liga con Cervantes y el Quijote. Porque para Cabrera el lenguaje no era sólo un instrumento de lucimiento o un desafío lingüístico, el lugar para sembrar bromas —bombas verbales— o continuar la disolución del sentido iniciada por Joyce, sino la única forma de oponerse a la brutalidad del mundo.

Cada vez que Cabrera Infante ideaba un retruécano o se aventuraba en un nuevo juego de palabras, desafiaba a la realidad, se oponía a ella y, sin alharacas ni declaraciones fastuosas, animaba a los demás a modificarla. Aunque quizás él jamás lo hubiese admitido, su incontinencia lúdica aspiraba a transformar el mundo. Su inmensa libertad creativa era una apuesta y una cruzada interna, un duelo con la desmemoria. Sus palabras desmesuradas, violentas, acerbas, cáusticas eran el reverso del habla de los políticos, de la retórica comunista y de la tosca sintaxis de Castro.

Es una lástima que Guillermo no vaya a ver concluida su obra, que no observe de cerca la caída final del déspota ni celebre su derrota en una fiesta animada por boleros. No constituye ningún consuelo pensar que él supiese que a la postre, de manera póstuma, habría de vencer a su enemigo. Pero al menos es posible imaginar que sus palabras corrosivas, sus frases envenenadas y sus trampas lingüísticas llegarán antes que nadie a La Habana cuando se anuncie el fin de la dictadura.


JORGE VOLPI, fragmento nº 3 de El humo de la memoriarecogido en Mentiras contagiosas, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2008, págs. 189-190.

Armas Marcelo sobre Cabrera Infante


La Habana para un infante difunto
es el libro que más he comprado y regalado a mis amigos cubanos del interior, los mismos que por la razón o sinrazón que sea han decidido, a pesar de los muchos pesares, no abandonar la isla. Cada vez que estuve a punto de volar a Cuba, cuando les pregunté qué necesitaban, casi siempre obtuve (y obtengo todavía) las mismas o parecidas respuestas: "Cuando vengas, no te olvides de mi Habana"; "Si vas a venir, tráeme un par de Habanas"; «Tráeme un Habana de regalito cuando regresas para acá, ¿tú oíste? Oká».

Igualmente confieso que La Habana... es uno de los libros que más he releído en estos últimos años, en los que tanto escribí de Cuba y de La Habana, y no sólo por eso (de modo que me declaro explícito deudor de Cabrera Infante, sin más miramientos), sino por ejercicio de lector compulsivo que encontró, entre las mil maravillas de otros libros, un hallazgo excepcional y por tanto, inolvidable en ese libro habanero de lo más. 

Varios secretos a voces se esconden todas las veces en las páginas de La Habana... de Cabrera. En primer lugar, cada ejemplar del libro que circula libre  pero secreto –una gran paradoja– dentro de la isla es un ser vivo, rebelde y maduro que respira transformado en fetiche manoseado, deseado y sorbido como una suerte de sujeto sexual inalterable al tiempo y al espacio; un objeto cultural absorbido y leído hasta la saciedad sin provocar el más mínimo hartazgo ni hastío, porque devino en incontestable e intemporal sacralidad de la memoria; un catalizador del alma habanera que, al estar además totalmente prohibido, respira como un mito escondido en las bibliotecas de La Habana. Como un Elegguá que no perece y abre todos los caminos del recuerdo para que la ciudad no se olvide a sí misma, aunque muchos ni la recuerdan ni la conocieron como Cabrera la describe en sus tatuajes literarios. Como que  todos saben allí que La Habana... es el espíritu vivo de una memoria que, en su fuero interno, cualquier habanero quiere convertir en la memoria de su propia alma.

En segundo lugar, además de su inmenso valor literario, histórico, musical, sentimental y civil el libro es dentro de Cuba un valor de cambio del más alto y carismático mercurio en el mercado de la vida cotidiana. Un ejemplar de La Habana... de Cabrera puede resolver la supervivencia física de una familia habanera durante una semana: leche condensada, aceite, carne de pollo, huevos, viandas de todo género, pasta de dientes, ropa, luz brillante. Todo sirve para ser intercambiado en la bolsa negra por un fulgurante ejemplar de La Habana... de Cabrera. En tercer lugar, porque  es el libro más dañino del más dañino escritor cubano; porque además, por cruel y feliz paradoja –irritante oxímoron–, es el libro más descaradamente deseado y recordado, el más leído y el más admirado en los últimos veinte años a lo largo y ancho de La Habana y toda Cuba, ámbitos legendarios donde la realidad es mucho más subterránea, y sin embargo evidente, que en cualquier otro lugar de nuestros consanguíneos universos culturales.

Fuera de Cuba, con La Habana... de Cabrera Infante ocurre todavía a estas alturas otro tanto de lo mismo: se debate, se discute, se rechaza por las detractores del escritor, se aplaude hasta la extenuación, y ya a carcajadas de salud por quienes lo admiramos, pero sobre todo se lee, nos lee mientras lo leemos, y además no ha dejado de leerse desde el primer instante de su publicación. Sucede con La Habana... algo muy parecido a lo que sucede con algunas bellísimas mujeres de gran clase: conforme avanza el tiempo de la madrugada, cuando ya decae la fiesta de disfraces y los rostros comienzan a exhibirse sin los maquillajes y afeites que mantenían la máscara, esas mujeres van subiendo peldaños en su belleza conforme pasa el tiempo y los años de la fiesta, en lugar de ir perdiendo brillo y fulgor, que es la norma de la gente corriente, incluidas las bellas mujeres que lo son sin dejar de ser corrientes. Porque La Habana... es un libro tan singular que, a lo largo de años de circulación editorial y lectura multitudinaria, se ha transformado en un obligado y admiradísimo referente de la literatura de la lengua española de América, una caja de sorpresas llena de sensualidad sexualidad y memoria personal y colectiva; un libro pleno de musicalidades, visiones, divergencias, sugerencias; equivalencias, exuberancias, maravillas y juegos de toda índole (y no sólo el pun, el juego de palabras).  


J.J. ARMAS MARCELO, fragmento del prólogo a GUILLERMO CABRERA INFANTE, La Habana para un infante difunto, El Mundo, Bibliotex, 2001, págs. 5 y 6.