Savater sobre Christie


Agatha Christie introdujo el encanto en los relatos sordidos de venenos y puñaladas. En la narración gótica del siglo XVIII, la de Ann Radcliffe y Walpole, todo eran castillos sombríos, relámpagos en la noche y aullidos sobrenaturales, panorama sin duda impresionante pero poco confortable. Incluso el incomparable Sherlock Holmes es en parte deudor de estos escenarios, si recordamos el páramo de Dartmoor por donde vaga el sabueso de Baskerville. Pero doña Agatha introduce los más retorcidos asesinatos en el mundo plácido y cozy de los cottages británicos a la hora del té. Un ambiente de personas corrientes, nada de vampiresas descocadas y gánsteres alcohólicos, todo señores de mediana edad y ancianas distinguidas, con lengua afilada. Y un crimen o todo lo más dos por novela. La llegada de los serial/killers marca el comienzo de la decadencia del género policiaco. Los asesinatos deben ser una pieza bien trabajada de artesanía, no parte de una producción en cadena. Eso sí, sin perder nunca la filigrana. Lo importante no es la crueldad del malhechor, ni mucho menos su brutalidad, sino su ingenio. El que verdaderamente urde la trama no es el detective, ni siquiera el novelista, sino el criminal.

Pero lo más notable es la relación de la escritora con el protagonista de la mayoría de sus novelas. La más inglesa de las novelistas inglesas crea un personaje extranjero, incluso bufonescamente extranjero, como héroe intelectual de sus enigmas. Sus dos mayores competidoras para el título de Reina del Misterio (Dorothy L. Sayers y Ngaio Marsh) inventaron detectives viriles y deseables para encabezar el reparto de sus novelas: el aristocrático y algo relamido Lord Peter Wimsey y el atlético inspector Roderick Alleyn. Dos varones pluscuamperfectos de los cuales sus respectivas creadoras estaban innegablemente enamoradas. Pero Christie prefirió mantener una relación humorística con Hércules Poirot, un hombrecillo de cabeza oviforme y bigotes a lo Salvador Dalí. Sin duda Poirot es un genio, pero algo ridículo también, lo que hace más tolerable su genialidad. Pertenece a la noble estirpe del padre Brown de Chesterton, no a la saga Marvel. Su madre literaria a veces se porta con él más como madrastra que otra cosa: su verdadero cariño lo guarda para Miss Marple, que es como de su familia. Y ella, Agatha la Grande, forma parte también de la familia de sus lectores: yo me alegro mucho de haber sido su contemporáneo.


FERNANDO SAVATER, fragmento de Una señora de armas tomar, The Objective, 11 de enero de 2026. Todo el artículo AQUÍ